jueves, 11 de noviembre de 2010

Había dos perros muerto, eliminados por un buen tirador, pues ambos animales mostraban las cabezas reventadas.
"Bueno, Belmonte, llegó la hora de demostrar que todavía sirves para algo", me dije al correr zigzagueando hacia la puerta posterior de la casa. Entré acompañado de la nube de polvo y astillas que saltaron junto con las bisagras. Caí buscando una cabeza donde meter varios proyectiles 765, pero no vi más que el desorden provocado por el paso de un huracán o de un buscador de tesoros sin tiempo que perder.
Lentamente me alcé sobre las dos patas. Repasé los vestigios de la búsqueda realizada por Galinsky de derecha a izquierda manteniendo el índice soldado al gatillo. Entonces vi a la mujer.
He visto muchos muertos y en todos ellos siempre advertí algo grotesco, como si el instante en que les abandona la vida les hubiera llegado de manera tan súbita que no alcanzan a disponer los cuerpos de una manera digna o armónica. La mujer tenia los brazos atados por las muñecas al borde de una alta chimenea. Las piernas fláccidas y dobladas hacían que sus brazos se vieran muy largos al tener que soportar todo el peso del cuerpo. Estaba desnuda de la cintura para arriba y tenía la cara y el tronco llenos de quemaduras.
Dejé la pistola en el borde de la chimenea para cortar las cuerdas con una mano y con el otro brazo sostener el cuerpo de la mujer. La tendí en el suelo. Una expresión de horror indicaba que había muerto en medio de las torturas.    

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